Formas de explotación agrícola

encomienda

Al considerar las formas de explotación agrícola, es necesario tener presente el concepto de tenencia de la tierra. Tal tenencia está en función de quien la pone en producción, el cual puede ser o no propietario; si no lo es (por ejemplo un conuquero, un arrendatario, un aparcero), surgirán específicas relaciones entre cada uno de estos tipos de cultivadores y el respectivo propietario. Dicha especificidad es relevante porque conlleva también determinadas formas de tenencia de los instrumentos de producción; así, la tenencia de la tierra implica las formas de posesión, en propiedad o no, de los instrumentos de trabajo. Esta consideración previa es importante en el caso de Venezuela, donde la agricultura fue la rectora de su economía durante toda su historia hasta la tercera década del siglo XX. En esa prolongada etapa las transformaciones en las formas de tenencia fueron lentas y leves, aunque significativas; sin embargo, desde mediados de la tercera década del presente siglo, las transformaciones fueron drásticas y profundas, aunque al principio con un signo negativo, relegando a la agricultura a un papel económicamente dependiente, cuando no secundario y a veces prescindible. Sólo desde los años 1950 hay un manifiesto y sostenido renacer, que se inicia como complemento del proceso de industrialización.

 

Prehispánico

Hace aproximadamente 3.000 años empieza a desarrollarse la agricultura en varias zonas del actual territorio venezolano. La intensificación de los cultivos de yuca, maíz, papa y otros vegetales no hizo desaparecer del todo la recolección itinerante, ni menos aún eliminó la caza y la pesca, pero, a partir de aquella época, la agricultura se convirtió cada vez más en el medio de subsistencia básico de la mayoría de los grupos indígenas venezolanos y contribuyó a su asentamiento permanente o semipermanente; bajo la forma, en este último caso, de un nomadismo circunscrito a una zona más o menos extensa. En la región oriental, en Guayana y otros lugares el cultivo de la yuca en conucos que son abandonados cuando se agota la vitalidad del suelo (generando así el ya mencionado nomadismo) se basa en la tala y sobre todo, la quema, que parece haber sido general en el período prehispánico y ha durado hasta nuestros días; es el procedimiento denominado «barbecho largo». En el occidente, especialmente en los Andes y en su piedemonte, donde se ejecutan la tala y la quema, los cultivos alimenticios más notables son el maíz y la papa, el primero de los cuales se extiende luego por toda Venezuela. En los Andes el trabajo colectivo de los pobladores prehispánicos construye terrazas artificiales (andenes), acequias y estanques, para hacer más eficientes los cultivos y hacer mejor uso de la tierra. Las herramientas de trabajo suelen ser de madera o combinan la madera con la piedra. El concepto de la propiedad individual de la tierra, tal como fue implantado luego por los europeos, no estaba en uso entre los indígenas. Estas formas de explotación agrícola prehispánica han pervivido hasta el presente en algunas zonas de la Orinoquia, como la Gran Sabana, aunque transformadas por los aportes europeos tales como los instrumentos de metal y diversos tipos de ganado. A pesar de diferencias muy importantes como las relativas a la propiedad de las tierras y a los instrumentos de trabajo, en otros aspectos, como la quema, la agricultura prehispánica se ha prologado hasta bien entrado el siglo XX.

Siglos XVI-XVIII

Desde fines del siglo XVI, existen grandes explotaciones agrícolas sólidamente establecidas. Sin entrar en el detalle del proceso de formación de la propiedad territorial, lo concreto es que florecen y se expanden las grandes haciendas en lo que a su turno sería Venezuela; estas son principalmente haciendas de plantación en la zona septentrional y haciendas de ganadería extensiva (hatos) en los llanos. Por su parte y algo más tarde, en Guayana prosperan formas muy características de tenencia: las misiones. Durante el período colonial las explotaciones eran principalmente de cacao y en menor escala, tabaco y otros productos. Después, durante el período republicano, el azúcar y el café que superará al cacao, sin que desaparezca éste. La hacienda de plantación es básicamente monoproductora y destina su producción a los mercados externos; como el trabajo era relativamente concentrado, se podía vigilar y controlar al trabajador con cierta facilidad, y como la mano de obra más barata era la esclava, las haciendas de plantación eran esclavistas por antonomasia; pero si al principio la mano de obra esclava era razonablemente barata (se compraban los esclavos como «piezas» en óptimas condiciones físicas), con el transcurso del tiempo, ya avanzada la segunda mitad del siglo XVIII, el esclavo se va tornando cada vez más oneroso; efectivamente éste deja de ser una óptima «pieza» individual para convertirse en miembro de «familia esclava» en la que, a su turno, hasta las niñas son madres y abundan los párvulos, enfermos, ancianos y lisiados. Es decir, esclavos inútiles pero igualmente costosos. Tal situación acentúa una modificación importante, aunque lenta y progresiva, en las formas de explotación agrícola. Se va haciendo preferible que el esclavo, en lugar de permanecer en las barracas y trabajar íntegramente en la plantación, trabaje sólo parte de su tiempo en ésta y parte en una microtenencia dentro de la hacienda. Era el conuco, de antigua data aborigen; allí, y con su correspondiente bohío, el esclavo y su familia (incluyendo párvulos, ancianos y enfermos), subsistían sin costo alguno para el hacendado esclavista. Se acentúa entonces la dualidad macro-microtenencia en la forma de explotación agrícola. Ahora el esclavo, además de disponer de un lote de tierra, el conuco, era dueño de algunos instrumentos de trabajo e incluso de lo que producía; pero a cambio de eso tenía que seguir trabajando en la plantación de la hacienda, ya su adscripción a la tierra lo somete tanto o tal vez más frente a su patrono, que por su sola condición de esclavo. Otra dualidad de simbiosis entre macro-microtenencia era la llamada haciendilla o arboledilla. El hacendado asignaba una parcela de su hacienda al esclavo para que la pusiera en producción, bajo la promesa de manumisión. Hasta que entraba en producción (de 4 a 7 años si era cacao), el esclavo subsistiría en ella por sí solo y a partir de entonces, la mitad de la parcela quedaba en propiedad del esclavo, ahora manumitido, y la otra mitad engrosaba la plantación del hacendado esclavista. La fundación era similar pero, en lugar de quedarle la mitad de la parcela al esclavo, se le garantizaba la libertad y un jugoso jornal como mayordomo o mandador libre en la hacienda; la totalidad de la parcela quedaba para el esclavista. Así pues, desde fines del siglo XVIII se observa una tendencia a permitir, y a obligar también, que el esclavo se autosustente, aun a costa de concederle la libertad, si tales mecanismos permiten que continúe trabajando a menor costo en la plantación de la hacienda, e incluso a veces con sus propias herramientas.

Siglo XIX

Las relaciones esclavistas de producción se deterioran desde el mismo apogeo del período colonial y más aceleradamente durante la primera mitad del siglo XIX, hasta su abolición formal en 1854. Las relaciones esclavistas en las formas de explotación agrícola desembocaron en formas de servidumbre. Se propendía a que el campesino dispusiera de una parcela de tierra del hacendado, en la cual subsistiría con su familia, y por la cual pagaría una renta trabajando en las tierras señoriales de la hacienda. En caso de que el campesino no dispusiese de una microtenencia, de todas maneras estaba compelido a trabajar en la hacienda por mecanismos de endeudamiento a través de la pulpería; esta vieja institución de estirpe colonial era de alguna manera controlada por el hacendado. Las deudas contraídas se pagaban con trabajo en la hacienda: peonaje. Las relaciones de servidumbre y peonaje existieron desde los inicios del período colonial en los hatos llaneros, ya que el trabajo no era concentrado como en la plantación. No era posible someter como esclavos a los indígenas «campesinizados» que se desplazaban a galope de caballo controlando los dispersos rebaños en las vastedades llaneras; el hato es por lo demás, una constante en la historia agraria de Venezuela. Sin embargo, el pago de la renta de la microtenencia en trabajo, lentamente pasa a ser complementado por el pago en especie cuando las partes lo encuentran más conveniente. Incluso se da el pago de la renta en dinero cuando el productor campesino vende su cosecha a un circuito mercantil simple (ocasional y local) y dispone de dinero; empero, lo predominante fue el pago de la renta de las microtenencias y o deudas en trabajo. Con el transcurso del siglo XIX se generalizan y amplían diversas formas de pequeñas explotaciones agrícolas, la mayoría de las cuales estaban vinculadas por mecanismos específicos a las macrotenencias; así la movilidad de la tierra, y con ella, la del trabajo campesino, se va ampliando lenta pero persistentemente; se van vislumbrando entonces nuevos horizontes en las formas de explotaciones agrícolas. Si con la desaparición legal de la esclavitud desaparecen las haciendillas, subsistirá sin embargo la fundación, aunque ahora con una variante: el campesino recibía una parcela, la ponía en producción por sus propios medios, y el propietario le compraba después lo «fundado», es decir, el fundo. Subsistiría igualmente el conuco. Otros tipos de convenio se difunden durante ese siglo. Por ejemplo, el contrato de aparcería, mediante el cual el campesino conviene con el propietario o arrendatario de una parcela, el pago de una determinada porción de lo producido, en especie o en dinero, que podía ser la mitad (medianero) o un tercio (terciero). Claro que muchas de las formas mencionadas no se dan químicamente puras, pues en el caso de la aparcería, por ejemplo, la proporción de lo pagado por el productor era variable de acuerdo con lo que se conviniese; incluso la medianería constituye en muchos casos, una categoría aparte de la aparcería, cuando el productor de la parcela, si es de plantación, es propietario de la mitad de las matas existentes. Y ya que hemos mencionado al arrendatario, nos referiremos también a esta forma de explotación agrícola. El contrato de arrendamiento, y a veces subarrendamiento, establecía que el arrendatario pagara un canon anual fijo, generalmente en un lapso de 50 años renovables, al propietario. Existían también los contratos de enfiteusis, donde el enfiteuta dispone de una parcela de por vida y usualmente hereditable, mediante un pago anual que es para el propietario titular más simbólico que crematístico. Además quedaban otras formas como la ocupación, generalmente temporal, de tierras públicas o privadas y aceptada por sus propietarios; las pequeñas propiedades privadas, trabajadas por sus titulares y en fin, formas confusamente híbridas.

Siglo XX

Esta diversificación de las formas de explotación agrícola que se da con regularidad durante el siglo XIX y el primer tercio del XX, implica cambios cualitativos importantes. Ciertamente, si tal diversificación contribuía a ampliar o complementar la gran macrotenencia hacendaria, a la larga restringía la movilidad de la tierra y del trabajo campesino. Pero aun estando manipulada con ese fin por los terratenientes, los resultados eran opuestos: la movilidad de la tierra y el trabajo campesino se expandían. La diversificación proyectaría entonces las formas óptimas de explotación de acuerdo con la extensión de los fundos e intensividad productiva; de acuerdo con los nexos entre cultivadores y propietarios; de acuerdo con la organización interna del trabajo, etc. Tal era lo que sucedía al terciar el siglo XX. La adscripción del campesino a la tierra señorial se fue haciendo cada vez menos rígida y esta movilidad abrió nuevos horizontes a otra forma de explotación moderna más presuntamente racional: el incipiente capitalismo agrario que se empezaba a perfilar lentamente en vísperas de la explotación petrolera, cuyo impacto sobre la economía nacional, seguido de la crisis mundial de los años 1930, desfiguró la tendencia de la dinámica interna de la agricultura venezolana hacia formas de racionalidad capitalista. El nacimiento del capitalismo agrario no debe limitarse al análisis de la racionalidad de la empresa agrícola, bien sean macro o microtenencias (racionalidad de la producción; niveles de inversión y destino del capital, ampliación, reposición, salarios; expectativas de rentabilidad; mecanización intensiva, fertilizantes, pastos mejorados, concentrados alimenticios, etc.), porque eso nos reflejaría así algunos casos tal vez importantes, pero sólo marginales o experimentales. Realmente dicho análisis debe hacerse a la luz de la movilidad de la tierra y con ello, su enajenabilidad; índices de independencia del pequeño y mediano productor; variabilidad de vínculos entre pequeño o mediano productor y propietario; rendimientos en función de las dimensiones del fundo; márgenes de comercialización y mercados de consumo; mercado de mano de obra; mecanismos de financiamiento; etc. Si esa movilidad es restringida, las expectativas de cambio hacia formas modernas de producción también lo son, pero sucede que no existen parámetros formales precisos que definan los niveles de movilidad de la tierra en una latitud determinada. En otras palabras, no existe un patrón formal sino únicamente en términos relativos de comparar lo precedente con lo existente. En la Venezuela de los años 1920 a 1930 tal comparación resulta difícil de precisar, pues su economía es impactada por los intereses petroleros, los cuales modifican intensamente sus normas de conducta económica en perjuicio de la agricultura. Y antes de finalizar la década de 1930, la crisis mundial conduce a la quiebra de gran cantidad de tenencias, grandes y pequeñas, con algunas excepciones; entre ellas por ejemplo las tenencias que giran en torno a las concesiones y campamentos petroleros, especialmente en el estado Zulia; no importa que fueran grandes tenencias tradicionales o incipientes fincas capitalistas, el impacto petrolero fue positivo para ellas, al garantizarles un mercado de consumo movido por el dinero de los trabajadores petroleros; estas tenencias pudieron resistir la crisis de los años 1930, pues sus productos eran diversificados y para un mercado regional, pero en general las tenencias de monoproducción exportable, cuando no sucumbieron, al menos fueron fuertemente estremecidas por la baja de demanda y precios mundiales de los productos agrícolas alimenticios durante la Gran Depresión, independientemente que fueran modernas o tradicionales.

La Venezuela del petróleo: Los proventos petroleros crean una sociedad consumista por excelencia. Como crece un alto poder de compra del consumidor, los capitales que antes se destinaban a financiar al agro, en lo sucesivo se irán destinando cada vez más a la importación, incluyendo los productos agrícolas que eran tradicionales en la dieta del venezolano. Con esta competencia son afectadas también las agrotenencias que producían para el mercado regional o nacional. El avasallante ascenso del poder de compra de las capas medias y altas de la sociedad, conducirá a convertir al país en netamente importador de bienes de consumo, pero también reflejará una curiosa paradoja cuando se va haciendo evidente que las inversiones destinadas a la importación de muchos de tales bienes, resultarán ahora más rentables si, por el incremento en el consumo de dichos bienes, se destinaran a producirlos en el país; por lo tanto y lentamente, ya desde los años 1950 algunas inversiones industriales propenderán a producir para sustituir las importaciones; tales industrias requerirán a su vez productos de la agricultura como insumos y materia prima. Empieza así un renacimiento de la agricultura, pero con un carácter agroindustrial, es decir, productos primarios que sufran un proceso de transformación tal, que hagan tan rentables las inversiones del sector primario (agrícola) como lo son las del sector secundario (industrial). En efecto, las inversiones destinadas a producir bienes agrícolas perecederos de consumo inmediato, bienes «no transformados», no resultan atractivas. A principios de los años 1960 esta tendencia se oficializa como política económica de industrialización sustitutiva; se represa el mercado de consumo mediante medidas arancelarias y proteccionistas definiéndose así un mercado cautivo; los bienes de consumo de este mercado represado habrían de ser producidos en el país, en la medida de lo posible, reemplazando las importaciones; con ello el empresariado agrícola y el industrial aceptan la riesgosa conveniencia de una reforma agraria que no excediera los límites de garantizar sus tenencias, capitales y la organización del trabajo agrarios, con tal que persistiera el desarrollo industrial y la rentabilidad de sus inversiones. Pero la auténtica motivación de la reforma agraria era otra y muy profunda por cierto. En efecto, el estancamiento que la industria petrolera produjo en el campo, redujo al campesino a peores condiciones de vida que en muchas décadas precedentes. Lo que quedaba en el campo era mayormente macrotenencias incultas (latifundios) y microtenencias de subsistencia. Además, para empeorar el panorama, desde los años 1930 los brazos campesinos útiles fluyen a los nuevos campamentos petroleros y las ciudades; el joven éxodo rural a las incipientes urbes fulminó los residuos sociales que precariamente sobrevivían en el campo, se acentuaba entonces más que nunca, el problema campesino. Esta era la razón de ser de tal reforma; por lo tanto, la reforma agraria estaba ante 3 frentes: solución del problema campesino; supervivencia del estímulo de la inversión privada y supervivencia de la democracia recién conquistada desde 1958. La democracia sobrevivió; pero en marzo de 1985, al conmemorarse el cuarto de siglo de la promulgación de la Ley de reforma agraria, un balance resumido reflejaba esto: de 313.864 familias campesinas objeto de la reforma agraria, sólo 84.997 tenían títulos definitivos de propiedad, y 228.867 los tenían provisionales; se estimaba que de 2.600 asentamientos creados por la reforma, apenas funcionaban 700 y que muchos de éstos no eran rentables. Sin embargo la Ley de reforma agraria dispuso y distribuyó miles de millones de bolívares en recursos crediticios; estableció estímulos y exenciones para las inversiones agrícolas y presionó a la banca comercial a destinar un porcentaje de su cartera crediticia para inversiones agropecuarias; hizo remisión de la deuda campesina y consolidación de la deuda empresarial para liberar hipotecas sobre fundos. Los resultados fueron evidentes. Crece la producción de azúcar, tabaco, concentrado para animales y otros productos agroindustriales, lo cual no fue óbice para que continuara la importación de trigo, sorgo, maíz, etc., como materia prima, así como de oleaginosas para la elaboración de grasas y aceite de mesa. Esto no obedece estrictamente a desabastecimiento, sino también a las conveniencias del mercado mundial y sobre todo, al monopolio de la comercialización. Sin embargo, el desabastecimiento, junto con el incremento de los precios, se ha hecho cada vez más evidente en los últimos lustros del cuarto de siglo referido, en los bienes de consumo básico e inmediato que supuestamente producirían los parceleros (no las agroindustrias) objeto de la reforma agraria. Aunque todavía es temprano para evaluar de un modo global a la reforma agraria, considerada como factor de una posible redistribución de la tenencia de la tierra, de un aumento y una diversificación de la producción agrícola y de una política encaminada a fijar al habitante del campo y evitar su éxodo a la ciudad, los expertos en la materia coinciden en que este éxodo continúa, aunque tal vez atenuado, y en que el aporte de la producción campesina a la producción agrícola en general es todavía muy reducido. R.G.H.

 

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